Un profesor del Centro de Capacitación Cinematográfica -la escuela en dónde estudié cine hace ya algunos años- solía decir con humor que a los cineastas chilangos sólo se nos ocurría un final posible para nuestras películas: que los personajes se vayan al mar.
No es difícil recordar los títulos de algunas películas que justifican sus dichos: Desde el personaje de “Lola” de María Novaro que sale de la ciudad en ruinas después del temblor de 1985 para ir a encontrarse a sí misma en el mar; a los primos fresas de “Por La Libre” que quieren tirar las cenizas de su abuelo en el océano; de los niños de “De La Calle” que sueñan con salir de la coladera en la que habitan para encontrar el paraíso en una playa improbable; al cineasta en crisis de “Desiertos Mares” que rememora el primer viaje que hizo en su niñez al mar; sin olvidar, por supuesto, a los charolastras de Cuarón en “Y Tu Mamá También” y su iniciático viaje a Boca del Cielo.
Se me ocurre otro ejemplo, quizás más polémico: ¿No es algo peculiar el entusiasmo desbordado que los chilangos tenemos por los mariscos y la comida del mar? ¿Por qué nos resulta mucho más atractivo ir a la Nueva Viga en la Central de Abastos en busca de un festín de frutos marinos, que ir, por ejemplo, al bosque de Chapultepec a hacer una carne asada?
No es difícil aceptar que dentro de nuestra identidad como habitantes de esta ciudad padecemos una carencia específica: la de no tener mares, ríos o incluso lagos cerca. Y esta carencia es la que nos hace planear escapes y huidas a la menor provocación. No hay vacaciones, ni puente que no sea deseable. Para los chilangos, nuestra ciudad es una cárcel, y sentimos la urgencia de salir de ella, al menos por un momento, tan pronto como nos sea posible.
Es posible que esta sea una característica común a todas las grandes ciudades del mundo. Es posible, también, que eso que nos hace regresar al D.F. después de las vacaciones y no quedarnos a vivir en un lejano paraíso, eso que nos ata irremediablemente a esta ciudad, esa relación amor-odio que tenemos con ella; sea, también, común a todas las megalópolis.
Pero hay algo que hace que en el caso de la ciudad de México esto cobre un matiz irónico y agrio: el origen mítico de nuestra ciudad. El recuerdo de la gran México-Tenochtitlan, la ciudad fundada sobre un islote, en medio del lago de Texcoco: islote que hoy es un lago de concreto; lago que hoy es un islote imaginario en la memoria.
No hay idea más perturbadora para el chilango que la de enterarse que en esta ciudad, hace apenas un siglo, todavía había ríos que no estaban entubados y dirigidos al drenaje; todavía existían canales y acequias por las que circulaban trajineras sin claxon ni neurosis automovilística; y todavía existía un remedo de lago que era visitado por aves exóticas. Hay una conclusión que sobreviene de esto de forma inexorable: vivimos sobre las ruinas de un paraíso perdido para siempre.
Quinientos años de decisiones administrativas e hidráulicas en la ciudad estuvieron enfocadas a contrarrestar a dos enemigos muy localizados: las constantes y trágicas inundaciones que se sucedían periódicamente; y la fetidez del ambiente e insalubridad provocadas por las aguas estancadas: En realidad el paraíso perdido no era tan paradisíaco.
Sin embargo, el costo que los habitantes de esta ciudad hemos tenido que pagar por la victoriosa lucha hidráulica contra estos dos enemigos ha sido alto: El problema de abasto de agua a la ciudad de México ha sido un dolor de cabeza común a todos -particularmente en las zonas conurbadas- y promete ser el tema más preocupante en las próximas décadas ante la posibilidad real de un colapso de estos servicios. El desecamiento de los mantos freáticos, con el consiguiente hundimiento de la ciudad y su relación con la sismicidad es otro derivado no calculado de esta situación, que cobra su rostro más dramático en el agrietamiento de cerros y barrancas habitados por cientos de ciudadanos; y aunque las tolvaneras de arena salitrosa que azotan al oriente de la ciudad, han disminuido por el crecimiento de la mancha urbana, aun son una realidad.
Pero hay otro costo, quizás menos evidente, pero igualmente cierto, que me gustaría mencionar: el desecamiento de los lagos y entubamiento de ríos, canales y acequias ha provocado que en esta ciudad hayamos perdido casi por completo los lugares idílicos, representativos de toda urbe, que le dan a los habitantes una certeza de identidad y un remanso de paz. La identidad del chilango, es la de la huida, la del no querer estar aquí, la de quien añora un paraíso perdido mientras camina sobre sus ruinas.
Iztapalapa se volvió un territorio familiar para mí en el año 2004. Había sido contratado para editar un documental sobre la región chinanteca, en Oaxaca, por una antropóloga de la UAM Iztapalapa y mi lugar de trabajo era el laboratorio de antropología visual de dicha institución. Hasta el día de hoy, me rehúso a manejar, así que todos mis traslados los hago en trasporte público; así lo hice entonces; y como pasajero, en el curso de los días, hice míos los paisajes urbanos de la delegación: Desde el paradero de Metro Constitución, hasta el tianguis de la colonia Renovación; de las unidades habitacionales de la Vicente Guerrero, a la vista desde Cabeza de Juárez del Peñón invadido de casas. En esa época yo empezaba a delinear a Andrés, José y Felipe, tres personajes que culminaban su adolescencia y que al igual que los demás habitantes de esta ciudad añoraban un paraíso perdido: el paraíso de su infancia.
Pero Andrés, José y Felipe no se buscaban a sí mismos en el mar, ni iban a tirar las cenizas de ningún familiar; tampoco realizaban un viaje iniciático, ni soñaban con playas improbables. Andrés, José y Felipe simplemente no tenían adonde ir, estaban presos en las calles de esta ciudad y en los callejones de su propia circunstancia.
Mi intención era construir personajes complejos con anhelos y deseos simples, pero cuyas propias limitaciones volvieran casi imposibles: Andrés quería sacar a su Padre de un abismo anímico, Felipe conseguir novia, José demostrar su capacidad de independencia. Son tres personajes que se equivocan en el camino, pero que no pierden su dignidad al hacerlo: Personajes sedientos de ser.
Paralelamente a esto me había encontrado con una leyenda que me estremeció: la leyenda de la Difunta Correa. Una mujer del siglo XIX que fue encontrada, muerta por deshidratación e insolación, en medio de las llanuras desiertas de la provincia de San Juan, en Argentina. Había un rasgo milagroso en su hallazgo: sobre su pecho muerto, un bebé, aun vivo mamaba leche de sus senos. La Difunta Correa se convirtió muy rápidamente en una santa pagana en Argentina, sus devotos, aun hoy en día le llevan botellas de agua para agradecerle favores concedidos, o bien, pedírselos.
Desde que leí acerca de la Difunta Correa sentí que había habido un error geográfico en su misteriosa aparición; más que argentina, debió ser mexicana y haber sido hallada en los llanos salitrosos del vaso de Texcoco. En la película traté de corregir este extravío. La Difunta me pareció siempre una metáfora poderosa: Así como su hijo sobrevive sobre su pecho inerte; los habitantes del D.F. parecemos sobrevivir milagrosamente a esta ciudad que en ocasiones parece morir de sed.
Al decidir ubicar las historias que cuenta la película en Iztapalapa apareció un factor más, que se sumaba de manera ineludible: la pasión de Iztapalapa. Me pareció inevitable abordarlo desde la perspectiva del hecho cíclico, que repetido año con año le da cohesión y sentido a una comunidad, del mismo modo que sucede con las fiestas patronales de los pueblos; o incluso con la celebración de un cumpleaños. En la pasión de Iztapalapa se encuentran dos mundos con cosmovisiones distintas: la tradición y la manifestación de lo religioso, encarnado en el origen de la representación misma que se instituyó para agradecerle al “Señor de la Cuevita” el final de una epidemia de cólera morbis; pero por otro lado está la urbe, con su gigantismo, con los medios y la organización gubernamental, que han convertido lo que de origen era una modesta celebración en un pueblo; en uno de los actos masivos más impresionantes en el mundo.
En el recorrido de los Nazarenos que llevan la cruz, la expiación de culpas y las mandas hay un detalle que a mi juicio termina de redondear el amasijo de historias que conforman VAHO: la sed. He pensado largo tiempo sobre aquello que motiva a los Nazarenos a realizar la proeza física de cargar cruces de hasta 90 kilos durante un recorrido de casi 10 kilómetros. Por supuesto que está la fe, con todas sus contradicciones; por supuesto que está el peso del compromiso social con las obligaciones necesarias para adquirir derechos como parte integral de la comunidad; también es innegable un rasgo de masculinidad, de demostración de la propia fortaleza y capacidad. Pero encuentro también un motor adicional que ya mencioné: la sed. La sed de aquél que quiere ser y que quiere apoderarse, con total vehemencia, de su propio destino. Es esta la misma sed que –espero-, motiva a los personajes de la película a seguir adelante por encima de sus limitaciones y circunstancias sociales y familiares; que los motiva a buscarse e inventarse a sí mismos y encontrar así su lugar en el mundo.
En estos años recientes, de violencia y polarización, es la juventud quizás quién mayores padecimientos ha sufrido. La incapacidad gubernamental, la ruptura del tejido social y la carencia de oportunidades son realidades innegables. En estos momentos en los que la comunidad, los pilares sociales, religiosos, familiares y educativos fallan tan flagrantemente. Quizás la única salvación posible sea utilizar la propia sed de sentido, la sed de pertenencia y la sed de identidad, como asidero personal y brújula. Como mapa y piedra clave, de la dignidad que ningún joven debería perder.
Alejandro Gerber Bicecci
(Texto leído el 14 de Abril de 2011 en la mesa redonda “Vaho: la Cruz en los Jóvenes Iztapalapenses” en el auditorio Quetzalcóatl de la Delegación Iztapalapa)






















